sábado, 2 de febrero de 2019

Las contradicciones del artículo “Alimentación en el antropoceno” publicado en Lancet, con respecto al consumo de carnes rojas


Luis Fernando Gómez Gutiérrez

El pasado 16 de enero la revista Lancet publicó un extenso artículo acerca de los desafíos de promocionar, simultáneamente, una alimentación saludable y sistemas alimentarios sostenibles. Su título en español sería: “Alimentación en el antropoceno: la comisión EAT Lancet acerca de dietas saludables a partir de sistemas alimentarios sostenibles”. El grupo de autores que comisionó Lancet para elaborar este documento, estuvo conformado por reconocidos académicos de las áreas de nutrición y salud pública (1). Los medios de comunicación han dado un amplio despliegue a las principales conclusiones de este trabajo, lo cual ha permitido propiciar un debate global, acerca de un asunto estrechamente vinculado con el futuro de la especie humana.

En esta breve nota realizo un resumen de lo que considero, son los principales aspectos de este documento, enfatizando las posturas de los autores con respecto al consumo de carnes rojas. Esta nota es solo un análisis preliminar y obviamente incompleto, acerca de un tema complejo que requiere mayor comprensión.  

En la introducción del artículo, los autores mencionan que los patrones de alimentación y los sistemas agrícolas y alimentarios han tenido cambios significativos en los últimos 50 años; situación que ha estado vinculada con el incremento de la esperanza de vida, reducción de las hambrunas y disminución de las tasas de mortalidad infantil, entre otros aspectos. Estos beneficios han sido contrarrestados por el creciente consumo de alimentos altamente procesados y alimentos de origen animal, lo cual ha contribuido al incremento de la mortalidad y carga de enfermedad debidas a enfermedades crónicas no-transmisibles (1).

Los autores plantean posteriormente, que la producción agrícola es la mayor causa de lo que ellos denominan como “cambio ambiental global”, el cual involucra la emisión de gases de efecto invernadero y el uso de recursos hídricos. Destacan además, que la transformación de ecosistemas naturales a tierras de cultivo y pasturas es la principal causa de amenazas de extinción de especies. Mencionan que el 60% de las reservas naturales de peces han sido consumidas, lo cual se refleja en el declive que ha tenido la industria piscícola desde el año 1996 (1).   

A partir de una proyección poblacional de 10 mil millones de personas para el año 2050, los autores proponen una estimación de la ingesta calórica per-cápita, desagregada de acuerdo a diferentes grupos de alimentos, que permitiría simultáneamente, garantizar una adecuada alimentación y sistemas alimentarios ambientalmente sostenibles (ver tabla 1 del artículo) (1).

Lo autores consideran que un patrón de dieta saludable debe optimizar las dimensiones física, mental y social de la salud, teniendo en cuenta los requerimientos nutricionales en ciertos grupos etareos. El patrón de dieta saludable y ambientalmente sostenible que propone el documento tiene las siguientes características (página 14 de la referencia a): a) proteínas procedentes principalmente de alimentos vegetales y pescado, con consumo modesto de huevos y carne de aves, y un bajo consumo de carnes rojas, especialmente procesadas; b) consumo de grasas insaturadas provenientes de las plantas, con un bajo consumo de grasas saturadas y un nulo consumo de grasas trans de origen industrial; c)  carbohidratos provenientes de cereales integrales y un consumo muy bajo de carbohidratos refinados y azúcares; d) consumo habitual de frutas y verduras y e) consumo moderado de lácteos. Teniendo en cuenta estos criterios, los autores afirman que el patrón de dieta de referencia es flexible, permite combinar una amplia variedad de alimentos, es sostenible con el ambiente, respeta tradiciones culturales y preferencias individuales.

Sin embargo, el documento plantea de manera reiterada - a veces de manera sutil, otras veces de manera directa - que el patrón de dieta recomendado debe eliminar el consumo de todo tipo de carnes. Mencionan, por ejemplo, que las dietas veganas, vegetarianas o semi-vegetarianas han mostrado reducir la mortalidad en un 12%, con respecto a los patrones de dieta omnívoro. Destacan además, que el consumo de carnes procesadas incrementa el riesgo de mortalidad general, enfermedad cardiovascular, cánceres intestinales y diabetes mellitus tipo II. Dejan claro que la asociación observada hasta ahora, es muy débil para carnes rojas no procesadas y nula para carnes de aves y pescados (página 9 de la referencia 1). Adicionalmente aclaran, que estos hallazgos solo se han observado en Norte América y Europa, regiones en las cuales, el consumo de carne roja es muy elevada. En países asiáticos, la relación es inversa, es decir, un mayor consumo de carne está asociado a una disminución de la mortalidad, lo cual se explicaría al hecho de que estas poblaciones incrementaron este consumo hace 10 o 20 años y todavía no han observado las consecuencias de esta exposición. Los autores explican este argumento, recurriendo a los estudios que se han llevado a cabo para evaluar el consumo de tabaco (1). Esta comparación es sorprendente y, desde mi punto de vista, muy poco rigurosa. El cigarrillo no tiene ningún beneficio en salud e incrementa el riesgo de padecer múltiples enfermedades a partir de consumos muy bajos (5). El consumo de carne roja no procesada es una fuente importante de micronutrientes y proteínas y ha tenido un impacto significativo en la reducción de la desnutrición crónica en varios países africanos, tal como lo plantea el panel 3 del artículo (página 10 de la referencia 1).

A pesar de estas contradicciones e inconsistencias, los autores formulan una de las conclusiones que generan mayor controversia: la carne roja no es un alimento esencial y su ingesta óptima debe ser de cero gramos al día (frase textual: “Because intake of red meat is not essential and appears to be linearly related to total mortality and risks of other health outcomes in populations that have consumed it for many years, optimal intake might be 0 g/day, especially if replaced by plant sources of protein.)  (página 10 de la referencia 1). El artículo profundiza esta postura y afirma que para evitar la deficiencia de hierro en mujeres adolescentes que menstrúan y que no consumen carnes rojas, se debe recurrir al uso de suplementos de hierro (página 13 de la referencia 1). ¿Esta postura no propiciaría, tal como lo planteó la Doctora Cecilia Castillo en varios de sus trinos, al fortalecimiento de productos comestibles ultra-procesados que contienen hierro?

En la segunda parte del documento se presenta los efectos ambientales del consumo de diversos alimentos, específicamente en términos de gases de efecto invernadero, uso del suelo y uso de energía, entre otros (página 25 de la referencia 1). Entre los alimentos seleccionados, la carne de rumiante genera el mayor efecto negativo, hallazgo que es coherente con múltiples estudios que demuestran la gran cantidad de metano que emiten los rumiantes y los efectos indirectos ocasionados por la deforestación y el mal uso del suelo (2-4).

Soy omnívoro, pero estoy convencido acerca de la necesidad de reducir el consumo de carne de rumiantes debido, principalmente, a su impacto en el cambio climático global. Considero que, si bien el artículo incluye una síntesis muy valiosa de evidencia científica en el área de nutrición y ambiente, presenta contradicciones e inconsistencias importantes con respecto al consumo de carnes rojas. Parece que los autores no tuvieron una postura unificada acerca de este punto.

Notícula: El artículo no menciona el impacto negativo de la producción de los comestibles ultra-procesados en el medio ambiente.


Referencias

1. Willett W, Rockstrom J, Loken B, Springmann M, Lang T, Vermeulen S, Garnett T, Tilman D, DeClerck F, Wood A, Jonell M, Clark M, Gordon LJ, Fanzo J, Hawkes C, Zurayk R, Rivera JA, De Vries W, Sibanda LM, Afshin A, Chaudhary A, Herrero M, Agustina R, Branca F, Lartey A, Fan S, Crona, Fox B, Bignet V, Troell M, Lindahl T, Singh S, Cornell SE, Reddy KS, Narain S, Nishtar S, Murray CJ. Food in the Anthropocene: the EAT–Lancet Commission on healthy diets from sustainable food systems. Lancet. 2019;S0140-6736(18)31788-4.
2. Aleksandrowicz L, Green R, Joy EJ, Smith P, Haines A. The impacts of dietary change on greenhouse gas emissions, land use, water use, and health: a systematic review. PLoS One 2016; 11: e0165797.
3. Davis KF, Gephart JA, Emery KA, Leach AM, Galloway JN, D’Odorico P. Meeting future food demand with current agricultural resources. Glob Environ Change 2016; 39: 125–32.
4. Nelson ME, Hamm MW, Hu FB, Abrams SA, Griffin TS. Alignment of healthy dietary patterns and environmental sustainability: a systematic review. Adv Nutr 2016; 7: 1005–25.
5. Zuo JJTao ZZChen CHu ZWXu YXZheng AYGuo Y. Characteristics of cigarette smoking without alcohol consumption and laryngeal cancer: overall and time-risk relation. A meta-analysis of observational studies. Eur Arch Otorhinolaryngol. 2017;274(3):1617-1631.

Conflictos de intereses: Ninguno. No tengo vínculos con ningún tipo de industria, incluyendo la cárnica.


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