lunes, 25 de febrero de 2019

Movimientos sociales y surgimiento de la salud pública en la Provincia de Buenos Aires



En esta nota comparto varios párrafos del libro “Democracia deliberativa y salud pública”, en las cuales abordo el surgimiento de la salud pública en la Provincia de Buenos Aires (Gómez, 2017).
“Desde la década de 1870 comenzó a emerger, en lo que hoy es la Provincia de Buenos Aires, un poderoso sector agroindustrial que generaba sus actividades productivas, soportado en una extensa red ferroviaria y en una progresiva expansión de la capacidad comercial del puerto de la ciudad. Este crecimiento económico y comercial estuvo acompañado, a su vez, por una gran demanda de fuerza laboral, que propició un explosivo flujo migratorio de personas provenientes de España, Italia y otros países europeos. En este contexto, la Provincia de Buenos Aires pasó de tener aproximadamente 300 mil habitantes en 1869 a contar con dos millones en 1914[1]. El acelerado crecimiento urbano de la ciudad de Buenos Aires se dio a expensas de los barrios obreros y la expansión de la retícula urbana comenzó a absorber a pequeños poblados, ubicados previamente en las áreas periféricas. En estas circunstancias y dadas las limitaciones de la respuesta estatal, la ciudad comenzó a tener serios desafíos sanitarios. Por una parte, los pantanos circunvecinos se tapaban con basuras y generaban olores ofensivos y una gran proliferación de mosquitos. Se comenzaron a observar adicionalmente, asentamientos con altos niveles de hacinamiento crítico y serios déficits sanitarios relacionados con una pobre disponibilidad de agua potable y disposición de excretas, condiciones que permitieron la aparición de diversas enfermedades infecciosas.
En este contexto, el gremio médico adquirió una creciente influencia social, soportada en los nuevos descubrimientos y avances en microbiología médica por parte de Pasteur y Koch, así como en los desarrollos de la ingeniaría sanitaria. Esta circunstancia explica la alta motivación del gremio médico para abogar por medidas sanitarias que contribuyeran a la “civilización y el progreso”. Y para que tales acciones fueran efectivas, el sector médico propugnaba como necesario centralizar las decisiones sanitarias para garantizar que tuvieran un carácter “técnico”. Estos esfuerzos se basaban en la convicción de que el cuerpo médico sanitario constituía un “núcleo profesional en condiciones de irradiar su talante activo e innovador, no solo al resto del gremio médico, sino al conjunto de la sociedad” (González, 2005).
Otro aspecto importante, relacionado con en el surgimiento de la esfera pública y sociedad civil en la Argentina, fueron las sociedades de socorro mutuo o mutuales, las cuales han jugado un papel destacado en la vida comunitaria y social (Pérgola, 2010). Estas agremiaciones se remontan al Virreinato del Río de la Plata, pero solo comienzan a tener reconocimiento legal en el año 1812, a través una norma que “facultaba a los colonos para formar comisiones con el objeto de atender las necesidades de los huérfanos y las viudas, velar por la educación de los niños cuyos padres habían muerto y custodiar intereses materiales de los que estuvieron bajo su tutoría” (Pérgola, 2010). Las décadas subsiguientes fueron testigo del fortalecimiento de estas asociaciones, debido en parte a que un buen número de inmigrantes había estado involucrado en movimientos obreros en sus países de origen, lo cual permitió impulsar el crecimiento y la influencia de las sociedades de socorro mutuo previamente conformadas y sindicatos como el de la Unión Tipográfica (Cornblit, 1969). Un buen ejemplo de la capacidad de estas asociaciones para dar una respuesta solidaria a sus problemas de salud fue la Societá Italiana di Unione e Benevolenza, fundada en 1858, con base en la cual, gracias a la iniciativa de sus miembros, se construiría posteriormente el Hospital Italiano, con el apoyo de la Societá Nazionale Italiana (Pérgola, 2010).
En 1857 se crea la Sociedad Tipográfica Bonaerense como asociación obrera de carácter mutual que en 1877 se transforma en la Unión Tipográfica Bonaerense, considerada como la primera estructura sindical moderna en la Argentina y una de las primeras en América Latina. Un año después de su conformación, esta organización llevó a cabo una huelga en la cual se reclamaban mejorías en las condiciones salariales de la clase trabajadora, reducción de la jornada laboral a 12 horas y prohibición de contratar población infantil menor de 12 años. Estas reivindicaciones fueron aceptadas por los empresarios, si bien al poco tiempo las condiciones laborales previas se reestablecieron y el sindicato desapareció (cedpre, 2010). No obstante, los resultados de esta experiencia permitieron crear otras organizaciones de carácter sindical, entre ellas el Sindicato de Comercio (1881), la Unión Obrera de Sastres, la Sociedad Obrera de Albañiles (1882) y La Fraternidad (1887), esta última conformada por trabajadores ferroviarios. En sus inicios, la mayoría de estas agremiaciones sindicales, excepto La Fraternidad, tenían estructuras organizacionales débiles y carácter transitorio. A pesar de estas circunstancias, en las últimas dos décadas del siglo XIX se conformaron más de cincuenta sindicatos y se incrementó el número de huelgas y protestas (cedpre, 2010).
En este contexto, uno de los levantamientos sociales más importantes ocurridos en la ciudad de Buenos Aires fue la Huelga de los Conventillos. Los inquilinatos, que en esta ciudad se denominaban conventillos, ejemplifican las condiciones de vida a las que estaba sujeta la mayoría de la clase trabajadora de origen migrante, en edificaciones de estilo colonial con dos o tres patios interiores, en donde las familias preparaban alimentos, lavaban la ropa, reparaban utensilios domésticos y llevaban a cabo diversas actividades comunitarias (Meik, 2011). Ya desde el año 1871, el diario La Prensa denunciaba que estas unidades habitacionales eran construidas con materiales de muy bajo costo y que por ellas se cobraban altos alquileres, con el propósito de recuperar la inversión en menos de tres años (Ramos, 1999). La precariedad de las condiciones sanitarias de estos sitios se reflejaba en la escasez de letrinas para la disposición de las excretas, pues en promedio había una por cada 50 o más personas. Adicionalmente, los residentes de los conventillos vivían en hacinamiento extremo, al punto que en cada habitación se alojaban en promedio entre 3,4 y 4,2 personas. Los sitios eran descritos por las mismas autoridades sanitarias como estrechos, húmedos y con una deficiente circulación del aire (Meik, 2011). Un cronista de la época se refería a los conventillos en estos términos: “A menudo entre 20 y 70 personas cuentan con una sola letrina para atender sus necesidades y las emanaciones amoniacales que se desprenden en su interior hacen experimentar malestar y lagrimeo a los que penetran en ellas” (Cano, s.f.). Se estima que la ciudad de Buenos Aires, en 1880, existían 1.770 conventillos con 24.023 habitaciones, en donde residían 51.915 personas (Meik, 2011), y que para 1905 había 2.297 conventillos que albergaban alrededor de 229.000 personas, que representaban el 14% de la población de la ciudad (Ramos, 1999).
El levantamiento social de los residentes de los conventillos se dio en 1907 y en él participaron aproximadamente 129.000 residentes (Ramos, 1999). El primer conventillo que se negó a pagar los alquileres fue el de Los cuatro Diques, ubicado en el barrio San Telmo (Cano, s.f.). Este levantamiento se extendió rápidamente a otros conventillos de la ciudad, pero la represión del gobierno fue tan severa que cuatro meses después de iniciado el movimiento había perdido intensidad. Esta situación se explica en parte por las deportaciones de trabajadores de extranjeros que lideraban estos movimientos sociales. En algunos conventillos se aceptaron las demandas de los residentes, sin embargo, al finalizar ese mismo año, muchos arrendatarios volvieron a subir los alquileres (Cano, 2015).

Respuesta social ante el cólera, la fiebre amarilla y la tuberculosis
En un escenario de crecimiento acelerado de las actividades comerciales porteñas y de la población, se presentó el brote epidémico de cólera de los años 1867 y 1868, el cual generó un total de 6.653 muertes. La visibilidad pública que entonces tuvo el cólera fue mayúscula y se reflejaba en el pánico colectivo que producía la enfermedad antes del advenimiento de tratamientos médicos efectivos. El diario La Nación propagaba las noticias acerca de la epidemia en los siguientes términos: “No somos alarmistas, pero señalamos a la Boca como un foco de infección que es menester destruir a todo trance […]. La Boca no tiene desagües y su población se ingurgita sus propios desperdicios” (citado por Álvarez, 2012). De igual manera, el diario La Prensa denunciaba la falta de acciones institucionales para controlar la diseminación de la enfermedad y abogaba por acciones sanitarias que eliminaran las cloacas y mejoraran la disponibilidad de agua potable.
Como respuesta a las denuncias públicas, las autoridades construyeron 20 kilómetros de caños para el suministro de agua, que se potabilizaba mediante el uso de filtros. Además de estas obras de infraestructura, se impuso el aislamiento como medida sanitaria, ante la posibilidad de futuras epidemias (Álvarez, 2012; Veronelli y Veronelli, 2004). Se dieron intensos debates en los círculos médicos que muy posiblemente permearon a la opinión pública, acerca de la manera como debía enfrentarse la enfermedad. Por una parte, persistía la idea en un sector médico de que ella era debida a la presencia de miasmas, cuya presencia era favorecida por las condiciones atmosféricas del puerto, mientras, por otra, un sector acogía la postura teórica recientemente formulada por John Snow en Londres, que explicaba la aparición del cólera como consecuencia del contagio directo con otras personas enfermas. Así, a partir de los brotes epidémicos de cólera, se crearon dos instituciones sanitarias: el Consejo de Higiene (1869) y la Junta Nacional de Sanidad, entidad que generó varias disposiciones sanitarias para evitar el ingreso de enfermedades transmisibles provenientes del tráfico marítimo (Álvarez, 2012).
A pesar de estas acciones públicas, la epidemia de cólera que asoló a Buenos Aires y a otras ciudades argentinas en los años 1886 y 1887 generó una enorme presión por parte de diferentes sectores de la naciente sociedad civil bonaerense para que la institucionalidad sanitaria mejorara aún más su capacidad de respuesta (González, 2005). Particularmente, ciertos sectores sociales eran muy críticos de los salarios relativamente altos que recibían los médicos que trabajaban en las instituciones sanitarias, lo cual contrastaba con la pobre efectividad de sus acciones. Adicionalmente, eran evidentes los conflictos entre la tecnocracia médica y los inspectores sanitarios que habían surgido de estas reformas institucionales. La primera abogaba por una relación vertical y jerárquica entre el cuerpo médico y los inspectores, idea que entraba en conflicto con los intereses de diversos sectores políticos, que veían posibilidades de influenciar sus clientelas políticas a través del nombramiento de estos cargos (González, 2005).
Otro caso que ejemplifica el papel de la esfera pública y la sociedad civil en la conformación de la institucionalidad de la salud pública en Buenos Aires es el de la epidemia de fiebre amarilla que asoló a esta ciudad en 1871 (Meik, 2011). Cuando se presentaron los primeros casos de esta enfermedad, la prensa escrita comenzó a realizar un llamado público para la creación de una comisión popular que ayudara a enfrentar el problema. Esta situación permitió que los médicos higienistas ganaran legitimidad como defensores de la salud pública y consolidaran su autoridad para intervenir en espacios públicos y privados (Meik, 2011). Muchos asuntos relacionados con la salud pública en Buenos Aires se comenzaron a divulgar en la Revista Farmacéutica y, posteriormente, en la Revista Médico Quirúrgica. Estas dos publicaciones y la prensa general le hicieron un seguimiento a la respuesta institucional al brote epidémico de fiebre amarilla de los años 1871. Surgió incluso un Boletín de la Epidemia, que solo tuvo circulación durante el brote. Como no se tenía conocimiento acerca del origen de esta enfermedad, en este contexto, la prensa escrita pregonaba que esta se debía a la falta de controles higiénicos para atenuar el impacto de los vientos e influencias miasmáticas provenientes del Riachuelo y de los conventillos (Meik, 2011).
La aparición de la fiebre amarilla dio pie para que algunos periodistas de La Prensa plantearan la necesidad de involucrar a delegados barriales –incluyendo a extranjeros– en las decisiones municipales relacionadas con el control de la epidemia. Adicionalmente, La Prensa impulsó una manifestación popular ante la falta de respuesta efectiva de las instituciones públicas e hizo un llamado a los porteños a que generarán propuestas dirigidas a controlar la epidemia en la ciudad. En la fecha programada, aproximadamente 9.000 personas se manifestaron en la plaza central de la ciudad, exigiendo que se conformara una Comisión Popular (Meik, 2011).
Algunos autores, como Meik, plantean que esta epidemia impulsó el movimiento sanitario en Argentina, que en esencia fue resultado de la opinión pública, y que la prensa escrita jugó un papel en la formación de la esfera pública en Buenos Aires y se posicionó como defensora del bienestar social de un sector importante de la ciudadanía. La prensa escrita visibilizó con especial interés las precarias condiciones higiénicas y dio eco a las críticas públicas por la inadecuada respuesta gubernamental a la epidemia.
Una vez finalizado el brote epidémico de fiebre amarilla, la prensa abogó por la construcción de obras sanitarias que le permitieran a la ciudad estar preparada ante otras posibles epidemias (Meik, 2011), como la de tuberculosis que asoló a la ciudad de Buenos Aires. Esta enfermedad brinda la posibilidad de entender el surgimiento de la institucionalidad de la salud pública y su interacción con una naciente esfera pública, pues entre 1878 y 1889 su tasa de incidencia llegó a los 300 casos por 100.000 habitantes, cifra que solo descendió por debajo de 170 a partir del año 1933 (Armus, 2007).
Según muestra Armus (2007), a causa de esta enfermedad se generaron procesos de medicalización relacionados con el incremento del poder del gremio médico y de la intromisión del Estado en la esfera privada, al tiempo que la tuberculosis comienza a ser objeto de preocupación y análisis de la prensa escrita desde 1870, que la vinculaba con asuntos sociales y políticos que iban más allá de aspectos biomédicos. Y es a partir de este caso que Armus plantea que
La historia de la salud pública tiende a enfocarse en el poder, la política, el Estado y la profesión médica. En gran medida es una historia donde la medicina pública suele aparecer en clave progresista –intentando ofrecer soluciones eficaces en la lucha contra las enfermedades del mundo moderno– y donde las relaciones entre las instituciones de salud y las estructuras económicas, sociales y políticas están en el centro de la narrativa.

Bajo esta mirada, la tuberculosis fue asumida a finales del siglo XIX como un problema que reflejaba la degeneración social y la decadencia material, en una ciudad que estaba creciendo de manera acelerada y caótica, situación que brindaba, a su vez, la posibilidad de generar acciones colectivas por parte del Estado. Por ello, Armus plantea que en la sociedad bonaerense surgió un género narrativo utópico que imaginaba y modelaba escenarios futuros para la ciudad, en los cuales los ideales higienistas y el control de la tuberculosis estaban claramente presentes. Entre los autores de este género se destaca Emilio Coni, figura fundacional de la salud pública en la Argentina, quien publica en 1919 su ensayo: La ciudad argentina ideal o del porvenir. En este escrito, como muestra Armus, Coni imaginaba una ciudad con una fuerte institucionalidad sanitaria que permitiera prevenir y controlar enfermedades como la tuberculosis y así regenerar y fortalecer la “raza”. Coni visionaba una ciudad sin conventillos, con barrios en donde “la contaminación física y moral en las viviendas de los trabajadores era un dato del pasado y la profilaxis de las enfermedades contagiosas había alcanzado su apogeo” (citado por Armus, 2007). Como se ve, estas miradas están vinculadas al moralismo utilitarista de Chadwick y a las ideas eugenésicas que surgieron en el siglo XIX después de Darwin.
Armus plantea que los movimientos sociales que surgían en las primeras décadas del siglo XX discutían acerca de temas de higiene pública, pero los planteaban de una manera general, vinculándolas con diversas manifestaciones de injusticia social, entre ellas, las largas jornadas de trabajo. Armus documenta que, en el contexto de las iniciativas de control y prevención de la tuberculosis, una proporción del gremio médico comenzó a tener un papel dual, burocrático y civil, por ser sus miembros funcionarios de entidades públicas y, a la vez, de organizaciones de la sociedad civil. En 1901 se crea la Liga Argentina contra la Tuberculosis, la cual ganó protagonismo especial en 1935 con la primera Cruzada Nacional contra la enfermedad, que aglutinaba intereses de diversos grupos sociales y políticos y se financiaba con los aportes de los socios y subvenciones del Estado (González, 2005).
Los casos expuestos ilustran como la institucionalidad de la salud pública del Estado argentino emerge y se fortalece a partir de sectores profesionales de la clase media, movimientos obreros y prensa escrita (González, 2005). Fue notoria la articulación entre el Estado argentino y las agremiaciones médicas, en la concepción de iniciativas públicas en las áreas de la atención en salud y control sanitario.”

Gómez LF. Democracia deliberativa y salud pública. Editorial Javeriana, 2017. https://www.jstor.org/stable/j.ctv86dg7w

* La Editorial Javeriana me ha autorizado compartir algunos extractos del libro.  

Referencias

Álvarez Cardoso, A. C. (2012), La aparición del cólera en Buenos Aires (Argentina), 1865-1996. Revista de Historia Regional y Local, 4(8), 174-207.
Armus, D. (2007). La ciudad impura: Salud, tuberculosis y cultura en Buenos Aires 1870-1950. Buenos Aires: Edhasa.
Cano, N. (s.f.). A 100 años de la huelga de los inquilinos de 1907. Vigencia de una causa y aprendizaje para la lucha. (s.l.) Disponible en: http://www.pts.org.ar/IMG/pdf/a_100_anos_de_la_huelga_de_inquilinos.pdf (consultado 20-8-2015).
cedpre - Centro de Estudio para el Desarrollo de Políticas Regionales (2010). Manual de historia del movimiento obrero argentino. Bahía Blanca. Disponible en http://www.trabajo.gob.ar/downloads/formacionSindical/Manual%20de%20Historia.pdf
Cornblit, O. (1969). Inmigrantes y empresarios en la política argentina. En T. di TellaT. Halperín Donghi (eds.), Los fragmentos del poder. Serie Los argentinos 9. Buenos Aires: Jorge Álvarez.
González Leandri, R. (2005). Madurez y poder. Médicos e instituciones sanitarias en la Argentina a finales del siglo XIX. Entrepasados, 14(27), 133-150.
Meik, Kindon T. (2011). Disease and hygiene in the construction of a nation: The public sphere, public space, and the private domain in Buenos Aires, 1871-1910. Florida International University. Electronic Theses and Dissertations. Paper 547. http://digitalcommons.fiu.edu/etd/547
Pérgola, F. (2010). Inicios del mutualismo en la Argentina. Revista Argentina de Salud Pública, 1(4), 45-46.
Ramos, J. (1999). Arquitectura del habitar popular en Buenos Aires: el conventillo. Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas, No. 101. Disponible en http://www.iaa.fadu.uba.ar/publicaciones/critica/0101.pdf (consultado 25-10-2015).

Veronelli, J. C. y M. Veronelli Correch (2004). Los orígenes institucionales de la salud pública en la Argentina (vol.
II). Buenos Aires: OMS/OPS.



[1] Provincia de Buenos Aires. La población de la Provincia de Buenos Aires. Pautas de su evolución. Disponible en http://www.ec.gba.gov.ar/estadistica/censo/revis1.htm (consultado el 21 de octubre de 2015).

No hay comentarios:

Publicar un comentario