viernes, 5 de abril de 2019

No existe un Estado planetario que soporte el concepto salud pública global. Contribuciones a un debate que tiene implicaciones prácticas


Luis Fernando Gómez Gutiérrez

Párrafos tomados del libro “Democracia deliberativa y salud pública”, en las cuales analizo los conceptos de salud internacional, salud global y salud pública global (Gómez, 2017).

“En los últimos 20 años han surgido diferentes maneras de entender los términos salud global, salud pública global, salud internacional, diplomacia en salud, gobernanza global en salud y gobernanza global para la salud, entre otros. Desde mi postura, esta proliferación de términos genera confusión y refleja los desafíos que tenemos para entender los asuntos relacionados con la salud de las poblaciones en un contexto de globalización. Tal como lo propuse en la introducción de este libro, asumo la salud pública como el esfuerzo organizado por parte de una sociedad para promover, proteger y restaurar la salud de las personas. En este caso, entiendo que la sociedad está configurada por una comunidad política, situación que supone la existencia de una institución soberana (Philpott, 2016) ….
La salud internacional involucra las acciones de cooperación entre Estados en asuntos atinentes a la salud de cada una de sus poblaciones (Lee, 2007). Esta fue la motivación original de las Conferencias Sanitaria Internacionales llevadas a cabo en la segunda mitad del siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX, las cuales buscaban generar acciones para controlar la diseminación de enfermedades infecciosas, como el cólera, la peste y la fiebre amarilla. Dentro de estas acciones se incluían medidas de cuarentena y puestos de vigilancia sanitaria en los puertos y vías marítimas, para evitar que estas enfermedades se diseminaran en los territorios de cada país (Franco y Álvarez, 2009; Mateos, 2005).
En 1999, Ilona Kickbusch propone el término “salud pública glocal”, recurriendo como ejemplo a la iniciativa de Ciudades Saludables, lanzada en Europa en 1986 y estructurada a partir de dos ideas básicas: el redescubrimiento de la relevancia de la salud pública local y la integración de las experiencias de las ciudades, a través de una red con propósitos comunes.  …
A partir de los anterior, esta misma autora asume la salud global como los asuntos de salud que trascienden las fronteras y la capacidad de acción de los Estados modernos, lo cual genera la necesidad de respuestas globales (Kickbusch, 2006). A este respecto, plantea en dos trabajos publicados en 2004 y 2006 la necesidad de generar un abordaje de salud pública, para enfrentar los crecientes desafíos de la salud global, tarea que requeriría un esfuerzo comparable al que se llevó a cabo en el siglo XIX, durante surgimiento y desarrollo de lo que denomina la “primera salud pública”. Este nuevo abordaje exige, de acuerdo con Kickbusch, llevar a cabo discusiones acerca de asuntos globales en salud a nivel nacional, en las cuales estén involucrados ciudadanía y sectores políticos. Enfatiza, además, que las asociaciones nacionales de salud pública deben asumir el liderazgo en lo que ella denomina “estrategia nacional de salud global”. Propone que los procesos de este tipo que se llevan a cabo dentro de cada país generen consensos en tres aspectos básicos: a) acciones que se deban emprender para enfrentar desafíos globales que afecten la salud de las personas que habitan el país; b) acciones para enfrentar problemas globales relacionados con salud de los cuales el país sea responsable; y c) acciones para abordar problemas globales de salud donde el país pueda contribuir (Kickbusch, 2006). Se destaca en esta propuesta la conexión los problemas globales de salud con los locales, lo cual significa que se deben integrar los esfuerzos para enfrentar los desafíos globales con las políticas nacionales de salud...
Con el propósito de generar un modelo de salud pública global, Kickbusch (2004) muestra la necesidad de un contrato social global en asuntos de salud que esté vinculado con movimientos de ciudadanía global, como aquel que ha permitido el acceso a medicamentos para tratar el VIH-SIDA. Más allá de estas loables intenciones, plantearé al final de este ensayo que el cumplimiento de este anhelo cosmopolita de una salud pública global está todavía muy lejano y puede dar cabida, paradójicamente, a reproducir enfoques prescriptivos que tienen muy baja legitimidad social y solo están articulados por mecanismos jurídicos.”
El término cosmopolita deriva del griego kosmopolitês, que significa “ciudadano del mundo”. Ha sido utilizado de formas diversas en filosofía política, pero con la idea central de que todos los seres humanos son miembros de una comunidad. El cosmopolitismo encarna la idea de que los seres humanos tienen responsabilidades ciudadanas que no se circunscriben al sitio o al país donde residen (Kleingeld y Brown, 2014). Se han acuñado los términos débil y fuerte, para identificar las posiciones contrapuestas que tiene el cosmopolitismo. El cosmopolitismo débil plantea que existen algunas obligaciones morales extranacionales; el fuerte plantea, por el contrario, que no pueden existir principios amplios de justicia distributiva, si aquellas no son aplicadas a nivel global, y que, adicionalmente, nadie debe tener el derecho de apelar a su nacionalidad para invocar un comportamiento discrecional. Esta posición fuerte se resume en la siguiente pregunta: ¿si todas las personas están en posición adecuada para tener una buena vida, porqué los connacionales no pueden gastar el exceso de recursos en otros? (Brock y Brighouse, 2005).
Para analizar la posibilidad de la existencia de una esfera pública transnacional y su papel en procesos de abogacía relacionados con salud, es pertinente recordar cuáles son las características que se espera de una esfera pública nacional. A este respecto, Nancy Fraser (2014) señala que el concepto de esfera pública ha sido desarrollado con el propósito no solo de entender los flujos de comunicación entre actores sociales, sino, además, de contribuir a la teoría política normativa de democracia o, en otros términos, para relacionar la participación ciudadana con la eficacia política. Desde esta perspectiva, la esfera pública debe estar estrechamente vinculada con un poder político soberano, que usualmente se le asigna al Estado donde reside una comunidad política. Sin estos presupuestos, el concepto pierde su fuerza crítica y emancipadora. Para esta autora, es difícil vincular la noción de opinión pública legítima con ámbitos comunicativos en los cuales los interlocutores no son miembros asociados de una comunidad política, con iguales derechos de participación ciudadana. Adicionalmente, es difícil asociar la noción de un poder comunicativo eficaz en espacios discursivos que no están correlacionados con los Estados soberanos. A pesar de estos desafíos, Fraser aclara que la posibilidad de una esfera pública transnacional no debe ser descartada en el futuro.
En la teoría sobre la esfera pública, se considera legítima la opinión pública si todos los actores potencialmente afectados tienen la capacidad de participar como pares en deliberaciones concernientes a la organización de sus asuntos comunes. Esta legitimidad está en función de dos atributos: a) qué tan incluyente es el proceso de deliberación, en el sentido de que todos los interesados en un asunto tienen la posibilidad de involucrarse en deliberaciones públicas, y b) el grado de paridad participativa, que en un escenario ideal debe ser igual para todas las personas. Si una deliberación es incluyente, está relacionada con la pregunta por quién está autorizado a participar en discusiones públicas; en cuanto a la paridad, concierne a la pregunta por cómo o en qué términos los interlocutores se involucran entre ellos (Fraser, 2014). Con respecto a la eficacia política, se pueden identificar dos elementos distintivos: la condición de traducción y la condición de capacidad. La primera se refiere al imperativo de traducir el poder comunicativo en leyes vinculantes que afecten el poder administrativo; la segunda indica la capacidad de llevar a cabo acciones políticas que resuelvan los problemas sociales, de acuerdo con los deseos de las personas (Fraser, 2014).
En resumen, el concepto de esfera pública transnacional impone un gran desafío a la teoría política, debido a que en el mundo actual los participantes no comparten una ciudadanía transnacional y en la mayoría de los casos no tienen la posibilidad de hacer exigibles los derechos a través de mecanismos jurídicos. En otras palabras, las actividades de los movimientos sociales de carácter global no están vinculadas necesariamente a una entidad transnacional integrada por representantes de los Estados nacionales elegidos democráticamente. …..  ..... no existe un demos global atado a una autoridad de carácter supranacional. Sin la generación de leyes o regulaciones vinculantes que sean acatadas por ciudadanos globales, no es posible generar una ética política global de carácter transnacional (Baker, 2002).
En este punto, me acojo a lo que plantea Habermas en su libro La constelación posnacional, texto en el cual se aleja de posturas fuertes de cosmopolitismo que se soportan en elementos jurídicos, pues considera que las estructuras políticas transnacionales corren el riesgo de ser profundamente antidemocráticas y en muchas ocasiones funcionan como sistemas en los cuales se negocian acuerdos a espaldas de la ciudadanía. La autodeterminación, entendida como la manera en que los ciudadanos son autores de sus propias leyes a través de procesos deliberativos, es un criterio básico de la democracia que no puede ser satisfecho en el orden mundial actual (2011; Bohman y Rehg, 2014). En otras palabras, las comunidades que denominamos nacionales siguen siendo el foro primario de la democracia participativa y deliberativa. El cosmopolitismo solo podría ser democrático si se cumplen los criterios de autodeterminación por parte de una comunidad política global. Debido a esta circunstancia, no es posible hablar de una salud pública global o regional y surge la necesidad de asumir una posición realista que se acerque a un ideario democrático, en términos de salud global.
Los procesos y resultados de algunos tratados internacionales brindan un ejemplo adecuado para soportar esta conclusión. Diversos estudios llevados a cabo en los últimos 10 años no han encontrado nexos entre la ratificación de tratados internacionales relacionados con los derechos humanos y diversos resultados en salud, medidos en términos de prevalencias de vih-sida, muertes maternas y mortalidad en menores de 5 años (Palmer et al., 2009; y Røttingen, 2015). Estos hallazgos no significan que estos tratados no puedan ser relevantes, pero es claro y bastante obvio que los efectos de los mismos serán marginales o nulos en aquellos países donde existen déficits democráticos, vinculados principalmente a una pobre participación de la sociedad civil.
Esta evidencia refuerza nuevamente el argumento acerca de las debilidades que tienen concepciones cosmopolitas basadas solo en elementos jurídicos, que desconocen el papel fundamental de las comunidades políticas.
Si bien en las actuales circunstancias no parece conveniente impulsar un cosmopolitismo fuerte, esto no quiere decir que en contexto globalizado aquellas entidades internacionales receptivas a las voces de las organizaciones sociales no tengan un papel relevante en garantizar el derecho a la salud. Las organizaciones intergubernamentales bajo el control del Sistema de las Naciones Unidas o, en el caso de América Latina y el Caribe, de la Organización de los Estados Americanos, pueden jugar un papel relevante a la hora de abogar por la promoción de la salud en las diferentes comunidades políticas, si están soportadas por una tupida red de organizaciones de la sociedad civil con vínculos globales o regionales. En este escenario, que algunos consideran alejado de un cosmopolitismo “fuerte”, se podría concebir una salud global estrechamente vinculada al quehacer de la salud pública en el territorio de cada Estado. En este sentido, se deben generar profundas reformas estructurales en la Organización Mundial de la Salud (OMS), con el objetivo de fortalecer su gobernanza global y su independencia (Hoffman y Røttingen, 2013). “

Gómez LF. Democracia deliberativa y salud pública. Editorial Javeriana, 2017. https://www.jstor.org/stable/j.ctv86dg7w

* La Editorial Javeriana me ha autorizado compartir algunos extractos del libro.

sábado, 9 de marzo de 2019

Las loables intenciones de los autores del reporte científico EAT-Lancet, contrastan con las ambigüedades de la ONG EAT

Luis Fernando Gómez Gutiérrez

La revista Lancet publicó el paso 16 de enero el artículo titulado: “Alimentación en el antropoceno: la comisión EAT Lancet acerca de dietas saludables a partir de sistemas alimentarios sostenibles”, trabajo que fue llevado a cabo por un grupo de reconocidos académicos internacionales, liderado por el Profesor Walter Willet de la Universidad de Harvard y financiado por EAT y Wellcome Trust. El objetivo del reporte fue mostrar la necesidad de promocionar, en forma simultánea, patrones de alimentación saludables y sistemas alimentarios ambientalmente sostenibles (1).

Los autores destacan en la introducción del reporte que tanto los patrones de alimentación, como los sistemas agrícolas y alimentarios han tenido grandes transformaciones en los últimos 50 años. La disminución de las hambrunas ha permitido reducir las tasas de mortalidad infantil y aumentar la esperanza de vida. Sin embargo, estos avances innegables se han visto contrarrestados por el incremento del consumo de alimentos – o mejor, productos comestibles - altamente procesados, situación que ha propiciado el aumento de la discapacidad y mortalidad prematura atribuibles a enfermedades crónicas no transmisibles. Adicionalmente, se ha generado un deterioro progresivo de los ecosistemas naturales debido, en parte, al manejo inadecuado de las tierras de cultivo y pastura para ganado, factores que han contribuido al incremento de gases de efecto invernadero y al uso desmedido de los recursos hídricos (1).       

Para enfrentar esta situación, los autores  proponen un patrón de dieta soportada en los siguientes atributos: a) consumo de proteínas procedentes principalmente de leguminosas y pescado, con un consumo modesto de carnes de aves y huevos, y un bajo consumo de carnes rojas, especialmente procesadas; b) consumo de grasas insaturadas provenientes de las plantas, bajo consumo de grasas saturadas y eliminación de grasas trans de origen industrial; c)  carbohidratos provenientes principalmente de cereales integrales y un consumo muy bajo de azúcares y carbohidratos refinados; d) consumo habitual de verduras y frutas y e) consumo moderado de lácteos. Este patrón general de dieta permite, de acuerdo con los autores, combinar de una manera flexible una amplia variedad de alimentos, respetar tradiciones culturales y garantizar sostenibilidad ambiental. El reporte propone rangos de ingesta calórica diaria per-cápita en los diferentes grupos de alimentos, lo cual permitiría garantizar una alimentación saludable y sistemas alimentarios ambientalmente sostenibles, para una población de 10 mil millones de personas que se proyectan para el año 2050 (1).

Desde mi perspectiva, el reporte científico de la comisión EAT-Lancet brinda una síntesis de evidencia muy relevante, que contribuye a impulsar deliberaciones locales y globales acerca de un tema crucial para el planeta y la especie humana. Estas deliberaciones podrían derivar en consensos para impulsar políticas públicas y tratados internacionales similares al Convenio Marco para el Control del Tabaco. Este es, sin duda, un asunto espinoso que genera muchos debates, entre ellos, la posibilidad de implementar impuestos a comestibles y alimentos que generan en su producción y distribución, altas emisiones de gases de efecto invernadero y usos no sostenibles de recursos hídricos (2).        

Dos limitaciones básicas se pueden identificar en el reporte publicado en Lancet. En primer lugar, las estimaciones acerca del impacto ambiental solo tienen en cuenta la producción agrícola y el consumo. Los autores reconocen esta limitación y aclaran que los sistemas agrícolas y alimentarios, incluyen otros aspectos como el procesamiento y distribución de alimentos y comestibles (1). Por ejemplo, en la producción de una importante proporción de comestibles ultra-procesados (comidas empaquetadas, snacks, bebidas, entre otros) se utiliza gran cantidad de plásticos, los cuales tienen un efecto negativo en los ecosistemas marinos (3) y generan, además, gases de efecto invernadero como metano y etileno (4). Adicionalmente, existe evidencia epidemiológica que sugiere la existencia de vínculos entre plastificantes como el bisfenol A (BPA) y efectos adversos en salud, de tipo endócrino, reproductivo y metabólico (5-7).

Una segunda limitación, es la ambigüedad de los autores con respecto al consumo de carnes, asunto que abordé en una nota de blog y en la cual concluyo lo siguiente: Soy omnívoro, pero estoy convencido acerca de la necesidad de reducir el consumo de carne de rumiantes debido, principalmente, a su impacto en el cambio climático global. Considero que, si bien el artículo incluye una síntesis muy valiosa de evidencia científica en el área de nutrición y ambiente, presenta contradicciones e inconsistencias importantes con respecto al consumo de carnes rojas. Parece que los autores no tuvieron una postura unificada acerca de este punto. [§].  

Hasta aquí van mis reflexiones preliminares acerca del reporte científico y planteo, a continuación, mi mayor preocupación con respecto a esta iniciativa. Como lo mencioné en la introducción, uno de los financiadores de este reporte fue EAT, organización sin ánimo de lucro, cuya misión principal es transformar los sistemas alimentarios[**].  En uno de los vínculos de la página oficial de EAT se describe la iniciativa FReSH (“Food Reform for Sustainability and Health” https://eatforum.org/initiatives/fresh/) la cual tiene como objetivo transformar los sistemas alimentarios y crear soluciones de negocios para la industria de alimentos. Kellogg´s, Nestle, Unilever y Pepsico, son algunas de las transnacionales de productos comestibles ultra-procesados que apoyan esta iniciativa. El lobo quiere cuidar las ovejas. ¡Aquí hay gato encerrado!       

Aclaración: Un buen número de académicos e instituciones comprometidos con la promoción de una alimentación saludable apoyan esta iniciativa y, quizá, no conocen las ambigüedades de la ONG EAT.

Referencias
1. Willett W, Rockstrom J, Loken B, Springmann M, Lang T, Vermeulen S, Garnett T, Tilman D, DeClerck F, Wood A, Jonell M, Clark M, Gordon LJ, Fanzo J, Hawkes C, Zurayk R, Rivera JA, De Vries W, Sibanda LM, Afshin A, Chaudhary A, Herrero M, Agustina R, Branca F, Lartey A, Fan S, Crona, Fox B, Bignet V, Troell M, Lindahl T, Singh S, Cornell SE, Reddy KS, Narain S, Nishtar S, Murray CJ. Food in the Anthropocene: the EAT–Lancet Commission on healthy diets from sustainable food systems. Lancet. 2019;S0140-6736(18)31788-4.
2. Lykkeskov A, Gjerris M. The moral justification behind a climate tax on beef in Denmark. Food Ethics. 2017;1(2):181-191.
3. Li WC, Tse HF, Fok L. Plastic waste in the marine environment: A review of sources, occurrence and effects. Sci Total Environ. 2016;566-567:333-49.
4. Royer SJ, Ferrón S, Wilson ST, Karl DM. Production of methane and ethyle from plastic in the environment. PLos One. 2018;13(8):e0200574.
5. Van Winkle, L. S., Murphy, S. R., Boetticher, M. V., & VandeVoort, C. A. Fetal exposure of rhesus macaques to bisphenol a alters cellular development of the conducting airway by changing epithelial secretory product expression. Environmental Health Perspectives. 2013;121(8): 912–918.
6. Weinhouse, C., Anderson, O. S., Bergin, I. L., Vandenbergh, D. J., Gyekis, J. P., Dingman, M. A., et al. Dose-dependent incidence of hepatic tumors in adult mice following perinatal exposure to bisphenol A. Environmental Health Perspectives. 2014;122(5):485–491.
7. Alonso-Magdalena, P., Quesada, I., & Nadal, Á. Prenatal exposure to BPA and offspring outcomes: The diabesogenic behavior of BPA. Dose Response. 2015;13(2):1559325815590395.



[§] Las contradicciones del artículo “Alimentación en el antropoceno” publicado en Lancet, con respecto al consumo de carnes rojas. Disponible en: https://haygatoencerrado1964.blogspot.com/2019/02/las-contradicciones-del-articulo.html (Página consultada el 9 de marzo de 2019)

[**] EAT. Disponible en: https://eatforum.org/about/who-we-are/ (Página consultada el 9 de marzo de 2019)

viernes, 1 de marzo de 2019

Enfoques formales de democracia deliberativa aplicados a la salud pública: alcances y limitaciones

Luis Fernando Gómez Gutiérrez
"Convocar a algunos ciudadanos con el propósito de deliberar acerca
de un problema de salud pública es un avance significativo, en comparación
con no hacerlo. En este caso, sus defensores aducen que empoderar a la ciudadanía
acerca del valor que tienen las deliberaciones en tópicos de salud
representa per se un avance considerable (Street et al., 2014). Considero, sin
embargo, que varios aspectos procedimentales de los enfoques formales van
en contravía de los principios propuestos por la democracia deliberativa." ...... (Páginas 84 a 87 del libro: Democracia deliberativa y salud pública. Editorial Javeriana, 2017. 
https://www.researchgate.net/publication/329286014_Democracia_deliberativa_y_salud_publica )
Nota: Bienvenidas las críticas y recomendaciones acerca de la interpretación que hago de este tema.


lunes, 25 de febrero de 2019

Movimientos sociales y surgimiento de la salud pública en la Provincia de Buenos Aires



En esta nota comparto varios párrafos del libro “Democracia deliberativa y salud pública”, en las cuales abordo el surgimiento de la salud pública en la Provincia de Buenos Aires (Gómez, 2017).
“Desde la década de 1870 comenzó a emerger, en lo que hoy es la Provincia de Buenos Aires, un poderoso sector agroindustrial que generaba sus actividades productivas, soportado en una extensa red ferroviaria y en una progresiva expansión de la capacidad comercial del puerto de la ciudad. Este crecimiento económico y comercial estuvo acompañado, a su vez, por una gran demanda de fuerza laboral, que propició un explosivo flujo migratorio de personas provenientes de España, Italia y otros países europeos. En este contexto, la Provincia de Buenos Aires pasó de tener aproximadamente 300 mil habitantes en 1869 a contar con dos millones en 1914[1]. El acelerado crecimiento urbano de la ciudad de Buenos Aires se dio a expensas de los barrios obreros y la expansión de la retícula urbana comenzó a absorber a pequeños poblados, ubicados previamente en las áreas periféricas. En estas circunstancias y dadas las limitaciones de la respuesta estatal, la ciudad comenzó a tener serios desafíos sanitarios. Por una parte, los pantanos circunvecinos se tapaban con basuras y generaban olores ofensivos y una gran proliferación de mosquitos. Se comenzaron a observar adicionalmente, asentamientos con altos niveles de hacinamiento crítico y serios déficits sanitarios relacionados con una pobre disponibilidad de agua potable y disposición de excretas, condiciones que permitieron la aparición de diversas enfermedades infecciosas.
En este contexto, el gremio médico adquirió una creciente influencia social, soportada en los nuevos descubrimientos y avances en microbiología médica por parte de Pasteur y Koch, así como en los desarrollos de la ingeniaría sanitaria. Esta circunstancia explica la alta motivación del gremio médico para abogar por medidas sanitarias que contribuyeran a la “civilización y el progreso”. Y para que tales acciones fueran efectivas, el sector médico propugnaba como necesario centralizar las decisiones sanitarias para garantizar que tuvieran un carácter “técnico”. Estos esfuerzos se basaban en la convicción de que el cuerpo médico sanitario constituía un “núcleo profesional en condiciones de irradiar su talante activo e innovador, no solo al resto del gremio médico, sino al conjunto de la sociedad” (González, 2005).
Otro aspecto importante, relacionado con en el surgimiento de la esfera pública y sociedad civil en la Argentina, fueron las sociedades de socorro mutuo o mutuales, las cuales han jugado un papel destacado en la vida comunitaria y social (Pérgola, 2010). Estas agremiaciones se remontan al Virreinato del Río de la Plata, pero solo comienzan a tener reconocimiento legal en el año 1812, a través una norma que “facultaba a los colonos para formar comisiones con el objeto de atender las necesidades de los huérfanos y las viudas, velar por la educación de los niños cuyos padres habían muerto y custodiar intereses materiales de los que estuvieron bajo su tutoría” (Pérgola, 2010). Las décadas subsiguientes fueron testigo del fortalecimiento de estas asociaciones, debido en parte a que un buen número de inmigrantes había estado involucrado en movimientos obreros en sus países de origen, lo cual permitió impulsar el crecimiento y la influencia de las sociedades de socorro mutuo previamente conformadas y sindicatos como el de la Unión Tipográfica (Cornblit, 1969). Un buen ejemplo de la capacidad de estas asociaciones para dar una respuesta solidaria a sus problemas de salud fue la Societá Italiana di Unione e Benevolenza, fundada en 1858, con base en la cual, gracias a la iniciativa de sus miembros, se construiría posteriormente el Hospital Italiano, con el apoyo de la Societá Nazionale Italiana (Pérgola, 2010).
En 1857 se crea la Sociedad Tipográfica Bonaerense como asociación obrera de carácter mutual que en 1877 se transforma en la Unión Tipográfica Bonaerense, considerada como la primera estructura sindical moderna en la Argentina y una de las primeras en América Latina. Un año después de su conformación, esta organización llevó a cabo una huelga en la cual se reclamaban mejorías en las condiciones salariales de la clase trabajadora, reducción de la jornada laboral a 12 horas y prohibición de contratar población infantil menor de 12 años. Estas reivindicaciones fueron aceptadas por los empresarios, si bien al poco tiempo las condiciones laborales previas se reestablecieron y el sindicato desapareció (cedpre, 2010). No obstante, los resultados de esta experiencia permitieron crear otras organizaciones de carácter sindical, entre ellas el Sindicato de Comercio (1881), la Unión Obrera de Sastres, la Sociedad Obrera de Albañiles (1882) y La Fraternidad (1887), esta última conformada por trabajadores ferroviarios. En sus inicios, la mayoría de estas agremiaciones sindicales, excepto La Fraternidad, tenían estructuras organizacionales débiles y carácter transitorio. A pesar de estas circunstancias, en las últimas dos décadas del siglo XIX se conformaron más de cincuenta sindicatos y se incrementó el número de huelgas y protestas (cedpre, 2010).
En este contexto, uno de los levantamientos sociales más importantes ocurridos en la ciudad de Buenos Aires fue la Huelga de los Conventillos. Los inquilinatos, que en esta ciudad se denominaban conventillos, ejemplifican las condiciones de vida a las que estaba sujeta la mayoría de la clase trabajadora de origen migrante, en edificaciones de estilo colonial con dos o tres patios interiores, en donde las familias preparaban alimentos, lavaban la ropa, reparaban utensilios domésticos y llevaban a cabo diversas actividades comunitarias (Meik, 2011). Ya desde el año 1871, el diario La Prensa denunciaba que estas unidades habitacionales eran construidas con materiales de muy bajo costo y que por ellas se cobraban altos alquileres, con el propósito de recuperar la inversión en menos de tres años (Ramos, 1999). La precariedad de las condiciones sanitarias de estos sitios se reflejaba en la escasez de letrinas para la disposición de las excretas, pues en promedio había una por cada 50 o más personas. Adicionalmente, los residentes de los conventillos vivían en hacinamiento extremo, al punto que en cada habitación se alojaban en promedio entre 3,4 y 4,2 personas. Los sitios eran descritos por las mismas autoridades sanitarias como estrechos, húmedos y con una deficiente circulación del aire (Meik, 2011). Un cronista de la época se refería a los conventillos en estos términos: “A menudo entre 20 y 70 personas cuentan con una sola letrina para atender sus necesidades y las emanaciones amoniacales que se desprenden en su interior hacen experimentar malestar y lagrimeo a los que penetran en ellas” (Cano, s.f.). Se estima que la ciudad de Buenos Aires, en 1880, existían 1.770 conventillos con 24.023 habitaciones, en donde residían 51.915 personas (Meik, 2011), y que para 1905 había 2.297 conventillos que albergaban alrededor de 229.000 personas, que representaban el 14% de la población de la ciudad (Ramos, 1999).
El levantamiento social de los residentes de los conventillos se dio en 1907 y en él participaron aproximadamente 129.000 residentes (Ramos, 1999). El primer conventillo que se negó a pagar los alquileres fue el de Los cuatro Diques, ubicado en el barrio San Telmo (Cano, s.f.). Este levantamiento se extendió rápidamente a otros conventillos de la ciudad, pero la represión del gobierno fue tan severa que cuatro meses después de iniciado el movimiento había perdido intensidad. Esta situación se explica en parte por las deportaciones de trabajadores de extranjeros que lideraban estos movimientos sociales. En algunos conventillos se aceptaron las demandas de los residentes, sin embargo, al finalizar ese mismo año, muchos arrendatarios volvieron a subir los alquileres (Cano, 2015).

Respuesta social ante el cólera, la fiebre amarilla y la tuberculosis
En un escenario de crecimiento acelerado de las actividades comerciales porteñas y de la población, se presentó el brote epidémico de cólera de los años 1867 y 1868, el cual generó un total de 6.653 muertes. La visibilidad pública que entonces tuvo el cólera fue mayúscula y se reflejaba en el pánico colectivo que producía la enfermedad antes del advenimiento de tratamientos médicos efectivos. El diario La Nación propagaba las noticias acerca de la epidemia en los siguientes términos: “No somos alarmistas, pero señalamos a la Boca como un foco de infección que es menester destruir a todo trance […]. La Boca no tiene desagües y su población se ingurgita sus propios desperdicios” (citado por Álvarez, 2012). De igual manera, el diario La Prensa denunciaba la falta de acciones institucionales para controlar la diseminación de la enfermedad y abogaba por acciones sanitarias que eliminaran las cloacas y mejoraran la disponibilidad de agua potable.
Como respuesta a las denuncias públicas, las autoridades construyeron 20 kilómetros de caños para el suministro de agua, que se potabilizaba mediante el uso de filtros. Además de estas obras de infraestructura, se impuso el aislamiento como medida sanitaria, ante la posibilidad de futuras epidemias (Álvarez, 2012; Veronelli y Veronelli, 2004). Se dieron intensos debates en los círculos médicos que muy posiblemente permearon a la opinión pública, acerca de la manera como debía enfrentarse la enfermedad. Por una parte, persistía la idea en un sector médico de que ella era debida a la presencia de miasmas, cuya presencia era favorecida por las condiciones atmosféricas del puerto, mientras, por otra, un sector acogía la postura teórica recientemente formulada por John Snow en Londres, que explicaba la aparición del cólera como consecuencia del contagio directo con otras personas enfermas. Así, a partir de los brotes epidémicos de cólera, se crearon dos instituciones sanitarias: el Consejo de Higiene (1869) y la Junta Nacional de Sanidad, entidad que generó varias disposiciones sanitarias para evitar el ingreso de enfermedades transmisibles provenientes del tráfico marítimo (Álvarez, 2012).
A pesar de estas acciones públicas, la epidemia de cólera que asoló a Buenos Aires y a otras ciudades argentinas en los años 1886 y 1887 generó una enorme presión por parte de diferentes sectores de la naciente sociedad civil bonaerense para que la institucionalidad sanitaria mejorara aún más su capacidad de respuesta (González, 2005). Particularmente, ciertos sectores sociales eran muy críticos de los salarios relativamente altos que recibían los médicos que trabajaban en las instituciones sanitarias, lo cual contrastaba con la pobre efectividad de sus acciones. Adicionalmente, eran evidentes los conflictos entre la tecnocracia médica y los inspectores sanitarios que habían surgido de estas reformas institucionales. La primera abogaba por una relación vertical y jerárquica entre el cuerpo médico y los inspectores, idea que entraba en conflicto con los intereses de diversos sectores políticos, que veían posibilidades de influenciar sus clientelas políticas a través del nombramiento de estos cargos (González, 2005).
Otro caso que ejemplifica el papel de la esfera pública y la sociedad civil en la conformación de la institucionalidad de la salud pública en Buenos Aires es el de la epidemia de fiebre amarilla que asoló a esta ciudad en 1871 (Meik, 2011). Cuando se presentaron los primeros casos de esta enfermedad, la prensa escrita comenzó a realizar un llamado público para la creación de una comisión popular que ayudara a enfrentar el problema. Esta situación permitió que los médicos higienistas ganaran legitimidad como defensores de la salud pública y consolidaran su autoridad para intervenir en espacios públicos y privados (Meik, 2011). Muchos asuntos relacionados con la salud pública en Buenos Aires se comenzaron a divulgar en la Revista Farmacéutica y, posteriormente, en la Revista Médico Quirúrgica. Estas dos publicaciones y la prensa general le hicieron un seguimiento a la respuesta institucional al brote epidémico de fiebre amarilla de los años 1871. Surgió incluso un Boletín de la Epidemia, que solo tuvo circulación durante el brote. Como no se tenía conocimiento acerca del origen de esta enfermedad, en este contexto, la prensa escrita pregonaba que esta se debía a la falta de controles higiénicos para atenuar el impacto de los vientos e influencias miasmáticas provenientes del Riachuelo y de los conventillos (Meik, 2011).
La aparición de la fiebre amarilla dio pie para que algunos periodistas de La Prensa plantearan la necesidad de involucrar a delegados barriales –incluyendo a extranjeros– en las decisiones municipales relacionadas con el control de la epidemia. Adicionalmente, La Prensa impulsó una manifestación popular ante la falta de respuesta efectiva de las instituciones públicas e hizo un llamado a los porteños a que generarán propuestas dirigidas a controlar la epidemia en la ciudad. En la fecha programada, aproximadamente 9.000 personas se manifestaron en la plaza central de la ciudad, exigiendo que se conformara una Comisión Popular (Meik, 2011).
Algunos autores, como Meik, plantean que esta epidemia impulsó el movimiento sanitario en Argentina, que en esencia fue resultado de la opinión pública, y que la prensa escrita jugó un papel en la formación de la esfera pública en Buenos Aires y se posicionó como defensora del bienestar social de un sector importante de la ciudadanía. La prensa escrita visibilizó con especial interés las precarias condiciones higiénicas y dio eco a las críticas públicas por la inadecuada respuesta gubernamental a la epidemia.
Una vez finalizado el brote epidémico de fiebre amarilla, la prensa abogó por la construcción de obras sanitarias que le permitieran a la ciudad estar preparada ante otras posibles epidemias (Meik, 2011), como la de tuberculosis que asoló a la ciudad de Buenos Aires. Esta enfermedad brinda la posibilidad de entender el surgimiento de la institucionalidad de la salud pública y su interacción con una naciente esfera pública, pues entre 1878 y 1889 su tasa de incidencia llegó a los 300 casos por 100.000 habitantes, cifra que solo descendió por debajo de 170 a partir del año 1933 (Armus, 2007).
Según muestra Armus (2007), a causa de esta enfermedad se generaron procesos de medicalización relacionados con el incremento del poder del gremio médico y de la intromisión del Estado en la esfera privada, al tiempo que la tuberculosis comienza a ser objeto de preocupación y análisis de la prensa escrita desde 1870, que la vinculaba con asuntos sociales y políticos que iban más allá de aspectos biomédicos. Y es a partir de este caso que Armus plantea que
La historia de la salud pública tiende a enfocarse en el poder, la política, el Estado y la profesión médica. En gran medida es una historia donde la medicina pública suele aparecer en clave progresista –intentando ofrecer soluciones eficaces en la lucha contra las enfermedades del mundo moderno– y donde las relaciones entre las instituciones de salud y las estructuras económicas, sociales y políticas están en el centro de la narrativa.

Bajo esta mirada, la tuberculosis fue asumida a finales del siglo XIX como un problema que reflejaba la degeneración social y la decadencia material, en una ciudad que estaba creciendo de manera acelerada y caótica, situación que brindaba, a su vez, la posibilidad de generar acciones colectivas por parte del Estado. Por ello, Armus plantea que en la sociedad bonaerense surgió un género narrativo utópico que imaginaba y modelaba escenarios futuros para la ciudad, en los cuales los ideales higienistas y el control de la tuberculosis estaban claramente presentes. Entre los autores de este género se destaca Emilio Coni, figura fundacional de la salud pública en la Argentina, quien publica en 1919 su ensayo: La ciudad argentina ideal o del porvenir. En este escrito, como muestra Armus, Coni imaginaba una ciudad con una fuerte institucionalidad sanitaria que permitiera prevenir y controlar enfermedades como la tuberculosis y así regenerar y fortalecer la “raza”. Coni visionaba una ciudad sin conventillos, con barrios en donde “la contaminación física y moral en las viviendas de los trabajadores era un dato del pasado y la profilaxis de las enfermedades contagiosas había alcanzado su apogeo” (citado por Armus, 2007). Como se ve, estas miradas están vinculadas al moralismo utilitarista de Chadwick y a las ideas eugenésicas que surgieron en el siglo XIX después de Darwin.
Armus plantea que los movimientos sociales que surgían en las primeras décadas del siglo XX discutían acerca de temas de higiene pública, pero los planteaban de una manera general, vinculándolas con diversas manifestaciones de injusticia social, entre ellas, las largas jornadas de trabajo. Armus documenta que, en el contexto de las iniciativas de control y prevención de la tuberculosis, una proporción del gremio médico comenzó a tener un papel dual, burocrático y civil, por ser sus miembros funcionarios de entidades públicas y, a la vez, de organizaciones de la sociedad civil. En 1901 se crea la Liga Argentina contra la Tuberculosis, la cual ganó protagonismo especial en 1935 con la primera Cruzada Nacional contra la enfermedad, que aglutinaba intereses de diversos grupos sociales y políticos y se financiaba con los aportes de los socios y subvenciones del Estado (González, 2005).
Los casos expuestos ilustran como la institucionalidad de la salud pública del Estado argentino emerge y se fortalece a partir de sectores profesionales de la clase media, movimientos obreros y prensa escrita (González, 2005). Fue notoria la articulación entre el Estado argentino y las agremiaciones médicas, en la concepción de iniciativas públicas en las áreas de la atención en salud y control sanitario.”

Gómez LF. Democracia deliberativa y salud pública. Editorial Javeriana, 2017. https://www.jstor.org/stable/j.ctv86dg7w

* La Editorial Javeriana me ha autorizado compartir algunos extractos del libro.  

Referencias

Álvarez Cardoso, A. C. (2012), La aparición del cólera en Buenos Aires (Argentina), 1865-1996. Revista de Historia Regional y Local, 4(8), 174-207.
Armus, D. (2007). La ciudad impura: Salud, tuberculosis y cultura en Buenos Aires 1870-1950. Buenos Aires: Edhasa.
Cano, N. (s.f.). A 100 años de la huelga de los inquilinos de 1907. Vigencia de una causa y aprendizaje para la lucha. (s.l.) Disponible en: http://www.pts.org.ar/IMG/pdf/a_100_anos_de_la_huelga_de_inquilinos.pdf (consultado 20-8-2015).
cedpre - Centro de Estudio para el Desarrollo de Políticas Regionales (2010). Manual de historia del movimiento obrero argentino. Bahía Blanca. Disponible en http://www.trabajo.gob.ar/downloads/formacionSindical/Manual%20de%20Historia.pdf
Cornblit, O. (1969). Inmigrantes y empresarios en la política argentina. En T. di TellaT. Halperín Donghi (eds.), Los fragmentos del poder. Serie Los argentinos 9. Buenos Aires: Jorge Álvarez.
González Leandri, R. (2005). Madurez y poder. Médicos e instituciones sanitarias en la Argentina a finales del siglo XIX. Entrepasados, 14(27), 133-150.
Meik, Kindon T. (2011). Disease and hygiene in the construction of a nation: The public sphere, public space, and the private domain in Buenos Aires, 1871-1910. Florida International University. Electronic Theses and Dissertations. Paper 547. http://digitalcommons.fiu.edu/etd/547
Pérgola, F. (2010). Inicios del mutualismo en la Argentina. Revista Argentina de Salud Pública, 1(4), 45-46.
Ramos, J. (1999). Arquitectura del habitar popular en Buenos Aires: el conventillo. Instituto de Arte Americano e Investigaciones Estéticas, No. 101. Disponible en http://www.iaa.fadu.uba.ar/publicaciones/critica/0101.pdf (consultado 25-10-2015).

Veronelli, J. C. y M. Veronelli Correch (2004). Los orígenes institucionales de la salud pública en la Argentina (vol.
II). Buenos Aires: OMS/OPS.



[1] Provincia de Buenos Aires. La población de la Provincia de Buenos Aires. Pautas de su evolución. Disponible en http://www.ec.gba.gov.ar/estadistica/censo/revis1.htm (consultado el 21 de octubre de 2015).

domingo, 17 de febrero de 2019

Sociedad del riesgo global y salud


Luis Fernando Gómez Gutiérrez

En esta breve nota comparto algunos párrafos del libro “Democracia deliberativa y salud pública” (Gómez, 2017), acerca de la teoría de la sociedad del riesgo de Ulrich Beck (Beck, 1998; Beck, 2009).
“Ulrich Beck (1998) platea que el mundo ha sido siempre catastrófico. En la premodernidad los culpables eran la naturaleza y las divinidades, pero se produjo el gran cambio en la modernidad y los hombres comenzaron a ser los responsables de casi todas las posibles catástrofes. Desde la segunda mitad del siglo XX fue cada vez más notorio que el “progreso” técnico y económico derivado de la industrialización comenzaba a ser eclipsado por la generación creciente de riesgos, con impactos significativos en los ecosistemas y en la salud humana. Los riesgos ya no están confinados a lugares específicos, sino que, por el contrario, adquieren una escala global. En este sentido, Beck plantea que “en la modernidad avanzada, la producción social de riqueza va acompañada sistemáticamente por la producción social de riesgos” (Beck, 1998).
Por otra parte, en la modernidad se institucionaliza la ciencia como un pilar fundamental, atado al desarrollo industrial y tecnológico. En un primer momento, la ciencia queda protegida de la duda metódica que la caracteriza en el estrecho círculo de la comunidad científica. Sin embargo, la modernidad reflexiva hace que el trabajo científico salga de su cascarón y comience a ser objeto de cuestionamientos por parte de las sociedades humanas, quienes, paradójicamente, dependen más de ella (Beck, 1998).
Beck concibe el riesgo como escenificación de las catástrofes, pero esto no quiere decir que tengamos certeza de lo que ocurrirá en el futuro. Sin embargo, la percepción creciente de los riesgos globales y la anticipación de las catástrofes generan circunstancias favorables para llegar a consensos sociales y plantear acciones para evitarlas. En este sentido, Beck  diferencia los conceptos de temor y miedo. El temor está vinculado con la manera en que las personas reaccionan ante amenazas directas e inmediatas. En el área de la salud correspondería, por ejemplo, a la susceptibilidad percibida que tengan las personas con respecto al contagio de enfermedades infecciosas que tienen periodos de incubación cortos. El temor está más relacionado con intereses personales o de índole comunitaria (Beck, 2009).
Por el contrario, el miedo no está vinculado a una amenaza física inminente, sino que en este se anticipa el peligro a largo plazo a un grupo o a toda la humanidad, lo cual denomina Beck miedo global. En este caso, no está presente una amenaza directa a la propia existencia, sino una preocupación por el futuro de la especie. Esta es una situación que brinda la posibilidad de generar discusiones éticas y morales que pueden derivar en acciones políticas globales a muy largo plazo. Si bien en las deliberaciones sociales y el discurso político el temor y el miedo se entrelazan estrechamente, su distinción permite destacar la relevancia de conectar acciones locales y globales en el área de la salud pública (Beck, 2009).
Los riesgos globales, como el cambio climático global y sus efectos negativos para la salud humana, no pueden ser enfrentados por una comunidad o en las fronteras de los Estados modernos ni en escalas temporales vinculadas con la percepción de riesgos inmediatos. Surge una preocupación creciente por sucesos que podrían experimentar los descendientes de esta generación. Así mismo, las circunstancias sociales de las personas que viven a miles de kilómetros comienzan a importarnos, debido a las nuevas dependencias generadas por los crecientes riesgos globales. En este sentido. Beck afirma que el “otro global” está con nosotros, aunque no lo queramos y aunque se transforme en competidor de nuestros empleos. Necesariamente, debemos acordar acciones con ese otro global, si queremos enfrentar los riesgos globales (Beck, 2009).
Las consecuencias inmediatas y a largo plazo de los riesgos globales abren la posibilidad de que las sociedades logren consensos para enfrentar estos desafíos por fuera de los territorios de los Estados. Esto, paradójicamente, motiva a algunos gobiernos y a sus sociedades a generar nuevas barreras. Sin embargo, el riesgo crece a medida que intentamos responder siempre con solo respuestas de este tipo. Beck plantea que esto genera una situación contradictoria, ya que se construyen nuevas barreras y se insiste en que lo podemos resolver solos sin recurrir al otro global, al tiempo que crece simultáneamente la idea de que necesitamos nuevas formas de fusión social y de prácticas sociales por parte de toda la humanidad, para dar respuesta a estos desafíos (Beck, 2009).“

Referencias
Beck, U. (1998). La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad. Barcelona: Paidós.
Beck, U. (2009). World at risk. Cambridge: Polity Press.
Gómez LF. Democracia deliberativa y salud pública. Editorial Javeriana, 2017. https://www.jstor.org/stable/j.ctv86dg7w

sábado, 9 de febrero de 2019

Liberalización del comercio internacional e industria transnacional del tabaco



Luis Fernando Gómez Gutiérrez

En esta breve nota comparto algunos párrafos de uno de los capítulos del libro “Democracia deliberativa y salud pública”, en las cuales abordo la amenaza que representa la industria tabacalera transnacional (Gómez, 2017).
“La liberalización del comercio internacional de los productos derivados del tabaco ha generado un crecimiento significativo de su consumo en países de bajos y medianos ingresos. De acuerdo con el Banco Mundial, la producción de cigarrillo en estos grupos de países se ha incrementado entre 40% y 70% en las últimas décadas (Labonté, Mohindra y Lencucha, 2011b). Esta situación se explica por la disminución en los precios del tabaco en un contexto de amplia competencia comercial y la privatización de monopolios estatales que lo producían (MacKenzie y Collin, 2012). El caso paradigmático que ilustra esta situación fue la manera como aquellos países de la ex Unión Soviética que recibieron inversión extranjera por parte de la industria tabacalera presentaron un incremento del consumo de tabaco de 51%; por el contrario, los países que no la recibieron tuvieron un descenso del 3% (Labonté et al., 2011a/b). Así mismo, Corea del Sur registró un incremento significativo en el consumo de cigarrillos, un año después de que este país abriera su mercado a los productos de tabaco importados desde Estados Unidos (Labonté et al., 2011b).
Si bien China National Tobacco Corporation es el mayor productor de tabaco en el mundo, la mayoría de la producción fuera de China está concentrada en unas pocas compañías: Philip Morris International, British American Tobacco, Imperial Tobacco y Japan Tobacco International. Esta realidad hace que las estrategias de márquetin que han sido exitosas en un país comienzan a ser implementadas rápidamente en otros. Adicionalmente, el carácter global de estas grandes corporaciones multinacionales les permite tener una enorme injerencia en las decisiones de la OMC (Organización Mundial del Comercio) y llevar a cabo estrategias agresivas de márquetin y publicidad, que no siempre están bajo el control de los Estados (Samet, 2012).
En el contexto de América Latina, Labonté et al. (2011b) señalan que la liberalización económica permitió que la British American Tobacco comenzara a controlar el 50% de las ventas de cigarrillos en la región y Philip Morris dominara la totalidad del mercado de productos derivados del tabaco en República Dominicana, situación que se debe, en parte, a la adquisición de la industria tabacalera local, lo cual le ha permitido llevar a cabo un agresivo márquetin. El beneficio para esta última corporación es aún mayor, debido a que ha expandido la comercialización de sus productos a Centro América en el contexto del Central American Free Trade Agreement (dr-cafta). Esta misma situación se ha observado en la Argentina, en donde, para el año 2011, el 90% del mercado de tabaco estaba controlado por la Philip Morris y BAT. Esta expansión regional ha estado acompañada de iniciativas agresivas para incrementar la participación económica de la agroindustria del tabaco. Así, países como Honduras, Guatemala, Uruguay y Haití tuvieron un incremento en más de 100% en las hectáreas dedicadas al cultivo de tabaco, en el periodo 1970-2000. Si bien, algunos cultivadores y productores pudieron haberse beneficiado con esta situación, es claro que los resultados sociales y de salud han sido muy negativos, por las implicaciones potenciales que tienen estas políticas en la seguridad alimentaria y en la salud poblacional. Adicionalmente, se ha observado que en países de bajos ingresos se recurre al trabajo infantil, con consecuencias negativas en la vulneración de derechos en este grupo poblacional (Labonté et al., 2011b).
Para entender adecuadamente estos procesos, resulta ilustrativo mencionar algunos antecedentes históricos de la manera como la industria transnacional del tabaco ha planteado globalmente su estrategia. En el año 1977, siete corporaciones de tabaco crearon el denominado International Committee on Smoking Issues (icosi), con el propósito de enfrentar las diferentes iniciativas nacionales antitabaco. Esta entidad cambió posteriormente su nombre por el de infotab (International Tobacco Information Center), que contaba para 1984 con 69 miembros que operaban en 57 países. infotab generó material informativo y pronunciamientos oficiales para orientar a sus miembros acerca de la manera de generar contextos favorables para la industria de tabaco. En 1992, esta entidad fue dividida en dos organizaciones: The Tobacco Documentation Centre and Agro-Tobacco Services (hoy Hallmark Marketing Services). La primera siguió con las mismas tareas que tenía infotab, la segunda se especializó en apoyar a los cultivadores de tabaco, enfatizando la importancia que tendría este sector en la economía de países de bajos y medianos ingresos. La escala global de esta industria ilustra cómo los intereses corporativos transnacionales amenazan iniciativas globales que fortalecen la salud pública en cada uno de los países. La red creada por infotab permanece activa (McDaniel, Intinarelli y Malone, 2008).
Complementaria a esta iniciativa, la industria tabacalera transnacional conformó en la década de 1980 la denominada United States Cigarette Export Association (uscea) con el liderazgo de Philip Morris. En los años subsiguientes, la uscea llevó a cabo un intenso y efectivo cabildeo ante el gobierno de Estados Unidos con el propósito de que este presionara a diferentes países para que se eliminaran barreras arancelarias y publicitarias de sus productos. Estos esfuerzos se ven recompensados con un incremento exponencial de las exportaciones de tabaco desde los Estado Unidos (MacKenzie y Collin, 2012). En este contexto, Clayton Yeutter, representante de Comercio de los Estados Unidos, afirmaba textualmente en 1989:
“Cuando una nación viola sus obligaciones comerciales internacionales, mediante la restricción de las importaciones de tabaco, al tiempo que permite la venta de tabaco nacional, incurre en una discriminación contra los productos de Estados Unidos. Tenemos una obligación establecida en la ley para atacar este tipo de discriminación, y tenemos la intención de hacerlo sin importar el producto” (citado por MacKenzie y Collin, 2012).

Para cumplir este propósito, Estados Unidos siempre han intentado impulsar los acuerdos comerciales relacionados con productos de tabaco de manera bilateral con cada país, para evitar el escrutinio y el control de organizaciones gobernadas por el derecho público internacional (MacKenzie y Collin, 2012). A mi juicio, esta situación es una amenaza para la salud pública, debido a que les permite a las grandes corporaciones tabacaleras ejercer presión legal para incrementar la comercialización de sus productos, situación que ha sido documentada en Singapur y Tailandia por MacKenzie y Collin.
De igual manera, Zeigler (2006) documenta que el acuerdo trips le ha permitido a la industria tabacalera y del alcohol obstaculizar políticas nacionales de salud pública en el área. La industria tabacalera ha reclamado sus derechos de propiedad intelectual para obstaculizar medidas regulatorias en Brasil, Tailandia y Canadá dirigidas a generar etiquetados en los paquetes de cigarrillo que no incluyan logos o diseños vinculados con las marcas. Así mismo, la industria argumenta que Tailandia y otros países han intentado violar estos derechos, al exigirles la lista de los ingredientes que contienen sus productos. Como se mencionó, los tratados comerciales son discutidos entre los representantes de los gobiernos, en escenarios donde no se permite la presencia del público o de periodistas y, por el contrario, los representantes de la industria transnacional del tabaco tienen la posibilidad de formular sus posiciones, sin que estén presentantes funcionarios de las autoridades sanitarias (Zeigler 2006).
Es claro, a partir de lo anterior, que los acuerdos comerciales internacionales amenazan la existencia de políticas antitabaco y restringen la posibilidad de nuevos controles. En muchas ocasiones, estos acuerdos comerciales son un poderoso mecanismo que utiliza la industria para hacer prevalecer sus intereses, sin ningún tipo de escrutinio público (Shaffer et al., 2005). Adicionalmente, son tratados que vinculan legalmente a los gobiernos, pero no a la industria. Debido a la naturaleza y propósitos de estos acuerdos comerciales, las regulaciones dirigidas a restringir el márquetin de productos que afectan negativamente la salud de las personas tienen poca posibilidad de ser implementadas, si no existe una sociedad civil suficientemente empoderada e institucionalizada (Zeigler, 2006).
Los tomadores de decisión y los actores que abogan por el derecho a la salud deben ser conscientes de que estas asociaciones que reclaman intereses nacionales o regionales, hacen parte de los esfuerzos coordinados de una confederación de compañías tabacaleras transnacionales que buscan proteger sus intereses económicos y minar los esfuerzos de acciones que se plantean desde la salud pública (McDaniel et al., 2008).”

* La Editorial Javeriana me ha autorizado compartir algunos extractos del libro.  

Referencias
Gómez LF. Democracia deliberativa y salud pública. Editorial Javeriana, 2017. https://www.jstor.org/stable/j.ctv86dg7w



domingo, 3 de febrero de 2019

Democracia deliberativa y salud pública


"La salud pública, como disciplina y práctica social, es hija de la modernidad. Su nacimiento está vinculado con tres procesos básicos interdependientes: la conformación de un complejo aparato institucional propio de los Estados modernos; los descubrimientos y desarrollos científicos ocurridos desde el siglo XVII en las áreas de la biología, las matemáticas y la ingeniería civil; y el surgimiento de una esfera pública que comenzó a expresarse a través de diversos movimientos de la sociedad civil, que reivindicaban acciones políticas para mejorar las condiciones de vida. Una mirada funcionalista asume que el surgimiento y despliegue de la salud pública ha..." (Gómez LF, 2017) Disponible en: 

https://www.jstor.org/stable/j.ctv86dg7w